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El rencor histórico

Soy ruso, vivo en Madrid, dónde emigró mi hija menor en 1995, y tengo una edad de aquellas que ya no dan revancha: si te equivocas, suenas. Sé que me equivoqué en algo. Pero no sé bien en qué. Me explico: acabo de leer el suplemento del ABC de Madrid del domingo 11 de enero de 2009. Primero me entusiasmé: un artículo sobre mi país, me dije. “El nuevo look de los zares”, se titulaba y hablaba de los “rusos multimillonarios” actuales  que compran las casas más caras del mundo, los clubes de fútbol, yates, etc. Sentí un poco de orgullo, lo reconozco, estamos tan golpeados los rusos, últimamente. Y empecé a leer la lista: el banquero Alexander Lebedev, que se hizo rico con Yeltsin y Gorbachov. La foto es de un joven ruso con pantalones tejanos, gafas ultramodernas, zapatillas sin cordones… me puse a pensar en los cordones que nos  sacaba la policía cuando entrábamos en la cárcel y ahora éste, millonario y sin cordones,…; no sé si habrá sido el recuerdo de los cordones lo que desató esta tristeza que me iba subiendo al leer más; me acordé que ese día  casi nos deportan a Siberia, y que me salvó Iván que era el delegado de la fábrica dónde trabajábamos, y que salió en mi defensa por un comentario que yo había hecho en el comité de juventud, un comentario idiota, hoy lo reconozco, ¡tenía 20 años!, sobre la discusión del comunismo en las fábricas, discusión que era obligatoria, y yo sostenía que había que dejar también opinar a las mujeres y a todas las razas y el delegado que no, y así me hicieron un juicio que llamaron algo así como, “correctivos a la desviación ideológica en la segunda juventud basados en las enseñanzas del camarada  Rostov”.  Sigo leyendo el artículo (pero ya no estoy contento): Roustam Tariko (en la foto con una jovencita rubia en un lugar espectacular, lleno de luces y ambos con vodka en la mano (vodka ruso cómo la extraño, por ahora me arreglo con Alquira),  que controla –este Tariko- el multimillonario imperio del alcohol y las tarjetas de crédito, y que se gastó –dice el periódico- dos millones setecientos mil dólares en su última fiesta de cumpleaños celebrada en un palacio de Venecia, (¿será cierto todo esto?). Luego habla el artículo de otro ruso famoso, Román Abramovich, el dueño del Chelsea, que le regaló a su novia una parcela de cuarenta hectáreas en la Luna. ¡Las noches heladas que nos habremos pasado mirando al cielo cuando fue lo del cohete a la Luna que enviamos los rusos en 1960 con Yuri Gagarín adentro! ¡Lo que habremos brindado –en parte para combatir el frío- por la perrita Laika que andaba por la Luna. ¡Cuánta esperanza! ¡Íbamos ganando la pelea  a los imperialistas! Había nacido mi segunda hija, me acuerdo, la que se quedó en Moscú, y le puse Laika; cuando mi difunta esposa estaba todavía en el hospital. ¡La bronca que me echó! Pero luego ella también estaba entusiasmada y me perdonó. Y nos fuimos con los brigadistas del deporte y la cultura proletaria de Moscú a la RDA por quince días. Miles de rusos y alemanes desfilamos por todas partes. Rusos y alemanes que se habían masacrado en la segunda guerra augurábamos juntos “La nueva era”. Creo que aquel tiempo   fue el momento en que los rusos  sentimos que la dictadura del proletariado y que eso de una sola clase de hombres, “los que trabajan”, que el Nuevo Hombre (así con mayúsculas lo escribíamos en la fábrica), que todo eso estaba ya al caer. Pero sigo leyendo el periódico de ayer: cuenta de Oleg Deripaske, el magnate del aluminio, que parece que quisieron matarlo con un lanzagrandas (cosa de mafias, seguro), y que se salvó y se quedó con toda la producción rusa del metal, dice el artículo; ¡pero si mi fábrica era de metal! Así que este Oleg se ha quedado con la fábrica nuestra, ¡cuántas asambleas al aire libre con 20° bajo cero, para no parar la producción!, cuantas reuniones de delegados, que si la producción bajó, que si la fábrica del pueblo vecino de Lyubertsy produce más que nosotros, que hay que aplicar los incentivos morales socialistas, que…y que hoy, éste Oleg tenga la fábrica mía y la del pueblo vecino de Lyubertsy, que eran nuestros adversarios, y las de toda Rusia. Y dice la nota que éste Oleg tendría, además, ¡una fortuna de 22.800 millones de euros! ¿Cuántos rublos serán esos? ¿Qué habrá sido del pobre Iván? ¿Seguirá trabajando para este tipo? ¿En qué me equivoqué cuando creímos durante tantos años que podríamos? ¿En qué nos equivocamos todos?, me pregunto. Si hasta los intelectuales del mundo, los mejores, nos apoyaban, discutían sobre cada palabra de Marx, Hegel, Lenín, que si la toma del palacio de invierno, que si Trozky, en fin, éramos una potencia y estábamos avalados por los mejores intelectuales del mundo, qué más podíamos hacer, qué joder (lo dije en español). Pero sigo leyendo: Mikhail Prokhorov amigo de Putin vive cuando le apetece en la casa más cara del mundo, pagó por ella ¡300.000 de euros!  Y yo esperé quince años –con tres hijos- la vivienda oficial. No debí leer este artículo. Por suerte Olga, mi esposa, no vio lo del 89, ni vio esto, habría sufrido mucho, ella que era una militante tan fanática y tan buena. Murió creyendo que el comunismo era posible. Por suerte. Aunque todos pensábamos que era posible. ¡Cuántos años, cuántos esfuerzos!  Cuántas ilusiones perdidas. Al final, cada vez que me acuerdo, termino siempre igual: tomando este vodka español y lagrimeando sólo como un idiota. Bah, sólo no, brindo con el recuerdo de Iván y de mi Olga. Por vosotros, camaradas. Por las ilusiones que tuvimos.