El ciudadano debe implicarse KOFI ANNAN

¿Qué tiene en común el tráfico de drogas ilegales con la cifra de muertos por la epidemia de ébola? ¿O con nuestro fracaso colectivo hasta el momento en afrontar el cambio climático (el acuerdo de París sobre el clima supone a fin de cuentas el comienzo, no el final del camino)? ¿O con la incapacidad del Consejo de Seguridad [de Naciones Unidas] de detener la violencia en Siria e Irak? En cada uno de esos casos, como en tantas otras crisis de nuestro mundo, lo que en el fondo subyace es una falta de voluntad política y una falta de liderazgo. Intereses a corto plazo, egoístas, estrechos de miras, han eclipsado la comprensión de cuán interdependientes son nuestros destinos en un mundo verdaderamente global.

Tomemos, por ejemplo, el ébola. Hace 40 años que tenemos conocimiento de la enfermedad y de los terribles riesgos que puede plantear. Sin embargo, no hemos tomado medidas eficaces. Sólo cuando el número de muertos ha ido en aumento, las fronteras se estaban cerrando y había un temor a una epidemia mundial, se han movilizado efectivamente los recursos necesarios.

El cambio climático, tal vez el mayor problema del mundo, es causa de división sólo en los círculos políticos. Años antes del acuerdo de París, la comunidad científica llegó a un consenso sobre la necesidad de actuar mientras que aún está por ver si los dirigentes nacionales están dispuesto a demostrar voluntad política para ponerlo en práctica con hechos. Le sigue el tráfico de drogas ilegales, que no sólo amenaza la salud y la seguridad públicas sino que también socava la gobernabilidad. No obstante, muchos países se muestran todavía reticentes a reconocer el fracaso de «la guerra contra las drogas» y a adoptar planteamientos basados en la evidencia, que realmente funcionan. Observamos también este fracaso en los ámbitos económico y diplomático. Tomar medidas severas contra la evasión fiscal y emplear el dinero recaudado en invertirlo en servicios públicos (gratuitos) son dos medidas sencillas que contrarrestarían la creciente y perjudicial desigualdad de nuestro mundo. Durante este año vamos a ver que la riqueza del 1% que más tiene supera casi la del restante 99%.

El Consejo de Seguridad de la ONU continúa reflejando las realidades geopolíticas de 1945, no las del siglo XXI. Sin embargo, toda reforma está egoístamente bloqueada, aun a pesar de que el deterioro de legitimidad del Consejo de Seguridad puede significar que, en último término, podamos llegar a perder el único foro supranacional que tenemos para resolver los asuntos de la paz y la guerra.

Ya existen los conocimientos, la experiencia y las pruebas que se necesitan para resolver éstos y muchos otros problemas acuciantes. Lo que nos detiene es la falta de un liderazgo capaz de galvanizar la voluntad política necesaria para ofrecer soluciones. En otras palabras: el mundo está experimentando una crisis de liderazgo, no una crisis de conocimiento.

Así las cosas, ¿cómo pueden los ciudadanos de a pie contribuir a lograr el cambio que necesitamos y espolear a nuestros dirigentes a asumir su papel de manera efectiva? Permítanme dar tres respuestas claras. En primer lugar, si vive usted en un país de política multipartidista, asegúrese de votar. Podrá parecer obvio o pasado de moda, pero en realidad es más pertinente que nunca. Las cifras muestran que los jóvenes, en particular, no están ejerciendo su derecho democrático al voto en un número creciente de países.

Los votantes de mayor edad superan a los jóvenes en todos y cada uno de los países europeos. Es preciso que escuchemos más la voz de los jóvenes que, como es comprensible, a menudo tienen una visión a más largo plazo.

En segundo lugar, haga ruido sobre los temas que le interesan. La era digital otorga poder a los individuos de una manera que no tiene precedentes. Usted no sólo tiene acceso a más información que cualquier generación anterior; tiene también la posibilidad de llegar a mucha más gente de lo que era posible hace apenas unas décadas incluso.

Si usted no hace campaña por soluciones efectivas, cede el espacio a quienes defienden posiciones extremas o permite a los dirigentes políticos hacer caso omiso de los problemas. Durante mi mandato en la ONU, la lucha contra el VIH/Sida avanzó considerablemente gracias a un conjunto, comprometido, bien organizado y que se hacía oír mucho, de organizaciones de la sociedad civil, que mantuvieron la presión sobre quienes tomaban las decisiones políticas y sobre la industria farmacéutica.

Ese mismo activismo se necesita hoy para presionar a nuestros líderes en pro de planteamientos eficaces y a largo plazo sobre las drogas o el cambio climático. Necesitamos voces moderadas que recuperen el espacio de las plazas de nuestras ciudades y sobre todo el espacio digital, que hasta el momento es frecuentemente un campo de juego sin reglas de quienes abogan por el unilateralismo, el ultranacionalismo y las políticas identitarias.

Por último, utilice su poder como consumidor, que en la actualidad no tiene paralelo en la historia. Cada vez que usted compra un producto o servicio, está apoyando a una empresa. Antes de decidir qué zapatillas de deporte comprar o qué servicios financieros utilizar, considere sus prácticas empresariales. Tiene usted a su disposición una gran cantidad de información sobre cómo se comportan las empresas. A través de nuestro poder colectivo de compra, tenemos la posibilidad de establecer unas pautas más exigentes de comportamiento.

Cuando los líderes no son capaces de liderar, he visto una y otra vez cómo la opinión pública puede forzarles a seguir un camino. Cuando reflexionemos sobre nuestros propósitos para el nuevo año, debe figurar como una prioridad en nuestros pensamientos el deber de ejercer el papel que nos corresponde en el uso de este poder colectivo. Y ello en aras del bien común. Como dijo el filósofo político John Stuart Mill hace casi 150 años, «los malos sólo necesitan para alcanzar sus fines que los buenos miren para otro lado y no hagan nada».

Kofi Annan es ex secretario general de la ONU.

ELMUNDO.ES 20/1/2015